Crónica: Freedonia 01/11/2012
Escrito por Rivo Soul    Martes, 27 de Noviembre de 2012 00:00    Imprimir E-mail
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Nacional - Reportajes Nacional
 

Sevilla se teñía de Soul para una noche mágica, inolvidable para quienes asistimos y disfrutamos con el buen hacer de Freedonia, un grupo que acababa de editar su primer álbum y que lo presentaba por primera vez en la capital andaluza. El concierto tenía lugar en la sala Malandar, conocida por sus increíbles jueves de Jam Sessions y una variada agenda de buenos directos a lo largo de todo el año.

Nada más llegar, un poco antes de que comenzara el concierto, pudimos comprobar que no estábamos ante un grupo cualquiera. A pesar de ser una banda de música negra, un género tan poco arraigado en Sevilla, la sala estaba repleta de jóvenes y no tan jóvenes, empujados por las buenas críticas que ya circulaban por la red sobre sus increíbles directos llenos de vitalidad. No se hacen de rogar demasiado tiempo y sobre las 22:30 salen a escena los nueve componentes de la banda, todos en traje de chaqueta, algunos con gafas de sol y aire vintage, siempre con elegancia, brindándonos una cálida bienvenida instrumental y reactivando nuestros oídos para lo que nos depararía la noche. Y de repente aparece Aurora García, vestida de gala para la ocasión, con traje dorado y pelo rubio. Nos dejó enamorado a todos. [...]

La fuerza orgánica, esa voz desgarradora y potente de Aurora comienza a brotar como un germen entre todos los que allí estábamos, obligándonos a movernos como si fuéramos afroamericanos de los 60 y no sevillanos del presente. Suena “Running To Nowhere” y ya no hay marcha atrás: ha empezado el espectáculo y nadie duda de que vamos a presenciar un directo como pocos. Se escuchan los primeros gritos de euforia entre el público, los primeros bailes en las primeras filas, cosa que acabaría luego contagiándose al resto de la sala, en principio algo reacia a dejarse llevar, quizá impresionada por aquel revulsivo llamado Aurora. Aurora vacila y se luce, mira a sus compañeros y sonríe, saben que van a disfrutar y que, sobretodo, nos harán disfrutar.

altDiscurren una serie de canciones con sabor Funk y de repente llega la calma, la primera balada “What A Day”, una tregua para nuestros pies agitados que no paraban de moverse, una brisa para los oídos y un encuentro con el alma más profunda, con el Soul más cálido. Aurora sabe acariciar el micro y cuidar esos silencios necesarios entre versos. Una delicia. Pero no nos confiemos, Freedonia no quiere que nos relajemos y vuelven a la carga con otra dosis de adrenalina. Comienza el sudor a resbalar por nuestras frentes y los primeros deseos de que esto no acabe nunca, que dure 2 ó 3 horas más.

Se vuelve a hacer la calma y suena “It Hurts”. Si ya nos tenían ganados a todos, con este baladón nos dejan medio atontados, como flotando en una nube. Luis Soler, trompetista del grupo, comienza sus acordes y allana el camino para que la voz de Aurora entre suave y real, de muy dentro, muy muy dentro. Soul y nada más. Acaba “It Hurts” y vuelven los movimientos de caderas, riffs funkys de guitarra y una voz atronadora que pide a gritos un descanso para afrontar la segunda y más impresionante, aún si cabe, parte del concierto. Aurora se marcha al backstage entre aplausos y sonrisas, al tiempo que la banda toma el relevo y suenan las primeras notas de “Hawaiian Cosmic”, tema instrumental del disco y demostración de gran calidad por parte de cada uno de los músicos de Freedonia. Un pequeño descanso que muchos aprovechan para repostar sus vasos o salir a fumar a la puerta de la sala.

Varios minutos después la banda concluye su recital y suena el comienzo de lo que sin duda era el tema más esperado de la noche, “Heaven Bells”. Se abre la puerta del backstage y reaparece Aurora, con otro vestido de lentejuelas enormes de varios colores. Sublime. Aquello es un orgasmo musical sin precedentes. Aurora agarra el micro y desprende magia, sensualidad, pasión. Es cierto que se echan en falta a los chicos de la Gospel Factory (Alana Sinkëy, Maika Sitté, Dani Reus y Antonio Tomás) en los coros, pero aquello no desmejora el espectáculo en absoluto.

A “Heaven Bells” le sigue “Shut Up”. Aurora agarra el micro como si fuese un teléfono y arranca risas del público mientras nos relata la última llamada de su novio. Como si hubiera nacido en Harlem, su voz es una bofetada en la cara de su ya ex-pareja, a la cual le dice de todo con esa voz de mala leche incontrolable, parece una negra con moño y bata de dormir. Mejor no encontrársela por el camino en esas condiciones, pensarán algunos. Aquello resulta genial y el público se entrega en cuerpo y alma a las reprimendas de Aurora vía telefónica. Indescriptible.
 
altLlega el turno de aquellos despistados que esperaban encontrarse un concierto de Rock o de los que se quedaron al final de la sala medio dormidos. Para ello nos regalan una versión del “Under My Thumb” de los Rolling Stone. Allí baila todo dios, incluso los cascarrabias de la última fila. Aquel desborde frenético continua con otro clasicazo donde los haya, “Hold on, I´m coming” de Sam & Dave. Es una locura lo que se siente allí. La gente se desmadra y corean el estribillo, recibo empujones que me animan a bailar más y más, me abrazo con mis colegas, disfruto, lo vivo. La risa tonta de mi cara no se borrará ya en todo lo que queda de noche.

Parece que se acaba el espectáculo y dan las gracias al público, se marchan. Nos miramos todos, sabemos que es imposible que se vayan así, sin más. Toda la sala corea un NO rotundo y pedimos que vuelvan si o si, no hay alternativa. Como todos esperábamos entran de nuevo al escenario entre aplausos y nos invitan de nuevo a bailar. La mejor parte de la noche llegaría con el momento Soul Train, a ritmo del “Memphis Train” de Rufus Thomas. Tal y como se hacía en el mítico programa estadounidense, Aurora divide al público en dos partes, dejando un pasillo en medio y nos explica cómo funciona aquello. Al ritmo de la música nos invitan a bailar en pareja a través del pasillo. Los asistentes se animan y aquello acaba en un baile colectivo, en una fiesta épica de sudor, alma y gritos a partes iguales. ¡Brutal!
 
Acaba el show y se vuelven a ir. De nuevo no vamos a consentir que se vayan sin darnos un poco más de su fuerza y pedimos a gritos que regresen. La noche exhala sus últimos suspiros y Freedonia nos complace con su último abrazo hecho música, la última calada a ese cigarro que poco a poco nos consume por dentro, el último vuelo hacia Detroit, hacia Memphis, o quizás hacia Philadelphia. “Everything Is Alright” puso punto y final a un espectáculo memorable donde cada uno de los que estuvimos allí nos sentimos libres, luciendo nuestros pelos afros y levantando puños como si aún viviésemos en aquellos tiempos de lucha y reivindicaciones.

Las luces se apagaron y volvimos a la realidad, mucho más positiva de lo que era antes.
 
 
[Fotos por Esperanza Mar, cedidas por NuestroOceano]
 
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